Fin de año, en la agencia se corre más que nunca, y sin embargo algunos no dan todo de sí, no dan lo mejor que pueden y como que se relajan demasiado. Así no es la cosa, Cartucho, así no va.

Fin de año, en la agencia se corre más que nunca, y sin embargo algunos no dan todo de sí, no dan lo mejor que pueden y como que se relajan demasiado. Así no es la cosa, Cartucho, así no va.

Por la tapia de la pared del patio de una casa, uno puede tirar, si hay un sitio baldío al lado, un pucho, una rama, un bollo de papel, una bolsa de papas fritas vacía, en una actitud que cualquiera consideraría condenable socialmente, por más mínima que fuere.
Técnicamente, ese acto significa: todo lo que hay más allá de esta pared no es mío, es la nada, es de nadie, y lo que era mío hace un momento, si lo tiro del otro lado del muro, dejó de serlo, ahora es problema de otro, yo no me hago cargo.
Si usted vive en un ciudad donde las casas no están al lado de otras casas sino arriba, cambie pared por balcón, y es lo mismo.
La cuestión se vuelve un poco más compleja, cuando lo que tiramos tiene un valor real más importante que el simbólico. Más que compleja, la situación se puede volver aterradora.
Ocurrió hace poquito en Córdoba, Argentina. Podría haber sido en cualquier lugar del mundo, al alma del hombre no le han puesto fronteras aún.
En un barrio pobre (descartemos por favor el eufemismo “humilde”, la humildad es una cosa; la pobreza, económica, social, cultural, es otra) una mujer (no diré una madre) arrojó a su bebé recién nacido por la noche, por encima de la tapia de su casa precaria, al patio de un vecino, donde además de basura, chapas, ladrillos, hierros y frío, solía haber un dogo (al que estaba premeditadamente destinado el niño), que fruto de la casualidad esa noche no estaba porque lo habían llevado a otro lado.
Por la mañana, horas más tarde, el vecino habitante de la casa descubrió el cuerpo, lleno de moscas, helado, inmóvil, increíblemente vivo aún. Llamó a la policía, lo llevaron al hospital, hicieron todo lo humanamente posible por salvarlo, pero finalmente no pudieron.
Pensé en un millón de cosas, seguramente como todos los que vieron la noticia. Es muy fácil culpar a la madre, probablemente desesperada, seguramente sin educación, sin recursos, sin ideas y ahora también gravemente enferma en el hospital; culpar al sistema, a lo que ustedes quieran.
Yo, después de pasar por todos los pensamientos juntos, me quedé con la pared. En todas las películas de terror, el horror se esconde, acecha desde el otro lado de la pared. Es lo que no se ve, lo que no conocemos, lo que puede invadir y ocupar nuestra espacio, nuestro lugar, nuestras vidas. Es el poderoso afuera. Como decía el amigo Sartre, el infierno son los otros. O, más acá, como decían en los Expedientes X, la verdad está ahí afuera.
Y no, yo creo que no, que por lo menos esta vez no. Y no sé si es que los tiempos cambiaron o siempre fue así, pero creo que el horror está de este lado de la pared. Que está en cada uno de nosotros. Que nosotros le damos al horror todas las formas que tiene. Que somos nosotros los que construimos las paredes y elegimos de qué lado nos quedamos. Que el mundo está lleno de paredes hechas por nosotros que intentan separarnos, no de los otros, sino de nosotros mismos. Y que mientras ese horror no pueda ser erradicado de cada uno, nunca habrá un todos mejor.
Hoy es como si la humanidad entera, junto a ese bebé, hubiera pegado un salto al vacío.
Martín Pinus.
El Semanario de Negocios Punto a Punto ha nominado, para el premio a La Empresa del Año 2011, a dos importantes clientes de nuestra agencia, Savant Pharm y Grupo Dulcor, en la terna de finalistas que completa Grupo Edisur.
Nuestra felicitaciones a todos los profesionales y cada uno de los colaboradores que llevan adelante estas compañías, por esta nominación de la que, en lo que hace al desarollo de la imagen y comunicación corporativa y de sus productos, no podemos dejar de sentirnos orgullosamente un poquito parte.

Suerte en la votación!
Me olvido de la publicidad un ratito. Vamos para otro lado:
Nos hemos acostumbrado, nos han hecho acostumbrar a observar rostros desfigurados, cuerpos desarmados a balazos, personas al fin, seres humanos acribillados por otros seres humanos, como si fuera la noticia más natural del mundo. No quiero eso. Me siento bastante imbécil por escribir algo que suena demasiado obvio cuando un niño de nueve años pregunta, después de ver la imagen de un dictador libio reventado en la tele, ¿Quién era ese?, y no ¿Porqué le hicieron eso?
No me importa si es la cara de Galtieri, Massera o Benjamín Menéndez la que aparece destruida en la foto (cosa que en nuestro país nunca ocurrirá, y es una de las cosas que me hace quererlo tanto); el destino que merece cualquier persona que haya atentado contra la vida de otra persona no es la bala de los otros, es la cárcel infinita o lo que la justicia disponga, por más imperfecciones que tenga el sistema.
Nos han hecho acostumbrar, dije antes. Desde Bonanza y Combate a los cientos y cientos de películas, fundamentalmente insertadas con pretendida ingenuidad desde el imperio colonizador cultural de nuestras Américas, se ha mostrado al balazo, al asesinato, como algo natural; a lo largo de nuestras vidas hemos acumulado ya tantas imágenes televisivas, cinéfilas (y de dibujitos animados y del morbo noticioso también) de una persona atravesada por el plomo, que nos parece tan natural, a la hora de hacer zapping, como la imagen de un cocinero cortando cebolla.
Y no es así, señores. Permítanme decir, por más bobo y básico que parezca, que matar a otro hombre es lo más bajo que puede hacer un hombre. Así ese hombre se llame Khadaffi, Gadaffi o como lo escriban, si ni siquiera son capaces de ponerse de acuerdo en eso. Ya se han gastado litros y litros de tinta sobre este tema con mejores palabras que estas, y yo no soy sociólogo, pero para esto no me hace falta más que el título con el que nací, el de ser humano.
El balazo del otro nos ha hecho perder perspectiva de lo obvio. La repetición del balazo del otro a lo largo del tiempo y por distintos medios, nos ha hecho acostumbrar al horror. Por ingenuidad que para algunas cosas conservo, quiero creer, me gustaría creer que es esta repetición del balazo de los otros y no nuestra esencia más profunda la que no ha hecho acostumbrar a esto y la que nos lleva no sólo a anestesiarnos, sino incluso a justificarlo en muchos casos, y más allá, al borde de la locura, a festejarlo en las plazas: ¡Matamos! ¡Le reventamos la cabeza!, ¿Vieron? ¡Destrozamos a esa basura!
Cuando vi la imagen de Kadhaffi en la primera plana on line de La Voz del Interior el otro día, el primer pensamiento que me vino a la mente fue, “que asco de personas somos para reventar a otra persona así y mostrarlo con fuerza, con intención, como un trofeo bien berreta, que todo el mundo lo vea, lo logramos una vez más, tenemos el poder para matarnos entre nosotros y para decir que eso está bien”; mandamos a los chicos a la escuela durante doce años para enseñarles lo básico sobre nuestro mundo, historia y sociedad, pero nosotros mismos en miles de años no hemos aprendido nada.
Morir, morimos todos y seguiremos muriendo. Asesinados y mostrados en primera plana, con una naturalidad así de insoportable, es como mucho.
Martín Pinus.
Desde G+P desarrollamos para el Día de la Madre, una acción para un tipo de madres muy especiales: las que comparten todo con sus hijas. Así, con un mensaje cercano, pensando en la agasajada pero también en la que regala, reflejamos el concepto “Regalale algo que después te pueda prestar”, en gráficas para diarios, radio y punto de venta.
Aquí, la identidad de la campaña, y algunas piezas.
Spot Radio Córdoba Shopping Día de la Madre 2011 by Garraza+Pinus





Esperamos hayan disfrutado de un día y regalos espectaculares !